lunes, 10 de abril de 2017

XXXVIII - Domingo de paella

Mañana recordaré la pesadilla, hoy la noche es más amable y se celebra un cumpleaños. Hay tantos platos de paella que nadie puede contarlos y aplastamos el verde con los pies descalzos girando alrededor de la mesa. Si se cae una gamba los niños la recogen, menos el mío, que ha encontrado una carretera y me mastica el corazón. Todo este amor a veces es un miedo, siendo ellos tan tiernos para un ogro.

Una vieja amiga me lleva al cine en una plancha metálica voladora. En ocasiones siento vértigo y ella parece Momo. Viene con nosotras un cachorro de mastín que se alborota y actúa como un gato, se deja abrazar a medias y le susurro, como a los pájaros. Por el camino le cuento la inquietud que me invade en los semáforos cuando conduzco sola y pasan sobre mí las cargas pesadas de la fábrica, pudieran fallar los mecanismos y caerme encima. «Aún tengo cosas que hacer», le digo. Ella me sonríe y se despeina con un tirabuzón cerrado que nos aterriza. El perro caza ratones mientras nos despedimos.

La cartelera no ha cambiado desde el último sueño en el que vine y vuelve a estar la sesión empezada. Espero la siguiente buceando tus ojos azules en mi pubis; el tiempo es un roto que no sé coser, me pasa como con los botones o los bajos, me miras y deshaces, lejano. Si te tocara, alguien me avisaría de que el arroz está listo.


«¡Todos a la mesa o la comida se enfriará!».


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