lunes, 17 de abril de 2017

XXXIX - La pesadilla del hombre de dos cuerpos

Esa niña. No puedo evitar tirarle del pelo, con rabia y sin que se dé cuenta. Llora, sus ojos son dos interrogaciones cuando me mira, la consuelo y hago daño. El cabello fino y mis dedos y un océano que arde. Estamos juntas y solas.

A la casa le chirrían las maderas, le crujen los cimientos cuando entra ese hombre de dos cuerpos con los puños cerrados y la ira. No quiero ver, parece tan real la inconsciencia del chico tras el golpe, la sangre de la joven, la respiración entrecortada de la mujer con la que se ensaña. Me tapo la cara con las manos y sus manos ásperas y sucias me las apartan. Ella se ha arrastrado hasta las escaleras y agoniza, el monstruo es un sádico atrapando un trofeo de pupila dilatada con el aspirador. Huyo escaleras arriba aunque la lógica me apunta el camino hacia abajo; pero mis piernas suben y visto la combinación blanca de la mujer torturada y me duelen los muslos y los brazos y la sonrisa.

En lo alto del edificio no hay azotea, se abre a una salida de metro antigua con balaustrada de hierro. En la calle es de noche y tengo frío. Antes de pedir ayuda observo el hueco negro por el que he venido: el chico ha recobrado el sentido y se acurruca en el sofá en lugar de escapar o enfrentar al asesino; lo ha dejado todo en mis manos pequeñas.


Me apresuro hacia la gente que conversa en corrillos salpicados por las aceras. La cuenca de mi ojo derecho está vacía. Nadie me mira. Grito. Nadie me escucha. Giro y me agito. Grito. Grito. Pidiendo auxilio. De dolor. Y el hombre fornido nos mata. Despacio. Muy despacio. Sin  matarnos.


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