jueves, 27 de abril de 2017

XL - Los pájaros

Hay un tiempo muerto, sin pulso. Lo entierro con mis hijos en una cafetería donde ofrecen risotto ardiendo en la barra. Por la ventana los veo jugar en el jardín, un punto verde fuera de lugar en la ciudad gris, cemento vertical mudo y sucio por las lluvias. El café es cremoso, el taburete de madera. En otro lugar hay un bar de mismo nombre y, en un asiento idéntico, un amante beberá cerveza. Quizá estemos levantando la mano al unísono, besando un borde en sincronía. La bebida y el pensamiento me templan.

Un estruendo nos hace levantar a todos, incluso mis hijos entran corriendo y se sujetan a mi pernera. El camarero, secándose las manos en el mandil, es el primero en llegar al origen del ruido: la pared de cartón que separaba el pasillo de los aseos ha caído. Al otro lado un niño de unos cinco años llama a su mamá que entró a cambiar el pañal a su hermana y aún no ha salido. Tarda mucho. Alguien comenta que es el de la Puri, más allá otro dice que no tiene sus ojos. Busco en los lavabos, no hay nadie. Lo miramos en su soledad sin tomarle siquiera la mano. Casi es una eternidad su miedo y nuestra lejanía. Entonces su padre pasa por encima de los escombros y se lo lleva. « Ya era hora que algún día se hiciera cargo», comenta una vieja. «¿Veis? Os dije que era el de la Puri», echa en cara un señor con buzo que ya regresa a su mesa.

De vuelta a casa luce el sol. Dentro, en la terraza acristalada, la colada tendida parece un precioso cuadro colorista. Jugamos en las habitaciones, comemos con las manos y reímos. Algo se mueve en las cuerdas y paso al otro lado del cristal. Dos palomas se han colado y gorjean. Intento echarlas mas no puedo y es tan tarde que decido dejarlo para el día siguiente. Despierto y la terraza está ahora llena de palomas de todos los tamaños. No veo por dónde han podido entrar. Voy cerrando puertas y ventanas. Los niños me ayudan. Al fondo el vecino no ha perdido del todo la cordura, aunque al verle sentado en la butaca, a oscuras, frente a la tele apagada, me asusta pensar en su mujer e hija ausentes demasiadas horas. Sin embargo, sonríe cuando vuelve la cabeza ante nuestra disculpa por molestarle asegurando los cierres de la casa. Esa curva no es la de un loco.


A las palomas se les han unido unos enormes avestruces melenudos que nos retan con los picos. Quizá nos ganen el hogar. Entrelazamos los dedos, cerramos los ojos y el siguiente amanecer es una terraza vacía de aves y la ropa limpia llena de agujeros.


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