sábado, 24 de septiembre de 2016

XXXVII-Clase de danza

La calle es un jolgorio, así como los bares llenos. En alguno de ellos dejé el bolso, mi vida está contigo sentada en este banco. Firmamos un cielo gris, te doy mi anillo, falta el dinero para el regalo de un buen amigo y ríes con los ojos, con la boca, ríes porque me conoces aunque no nos hayamos visto nunca. Revuelvo tu pelo con la mano antes de ir a por los billetes despistados, es como agitar una galaxia y estornudo. Cuídame la vida mientras vuelvo.


Hay un rumor en la avenida que se para a cada oído, la escuela de baile estrena hoy tutús desechables. Nos agolpamos todos a la puerta, los chicos empujan con los codos para ser los primeros pero no hay modo de colarse. Soñamos con hacer una lazada a la cintura con aquella falda inflada de papel blanco, bailar y tirarla a la basura. Soñamos tan al tiempo y tan alto que nos humedecemos y somos blandos. El aula es inmensa y luminosa, sin embargo hay un mostrador que acota la zona de baile haciéndola minúscula para el número de alumnos. Estamos apiñados y podemos olernos. La maestra es una bailarina que apenas llega al metro de altura, redonda y colorada. El moño le achina los ojos verdes y habla con las manos. Pienso en una peonza desde mi lugar del círculo. Nos ordena callar con una dulzura que da miedo, crujen los tutús. Antes de empezar nos advierte que el éxito en la danza depende de un canario, si queremos bailar a la perfección deberemos hacernos con uno. Nos muestra el suyo encerrado en una jaula con cortinas pesadas llenas de abalorios. No dice ni pío. La importancia está en cómo nos mire a través del panel de cristales diminutos que está enganchado en los barrotes. Los del suyo los trajo un sultán desde más allá de oriente, un antiguo amante que aún la amaba. Dos palmadas y la música empieza. El canario se acerca al panel escudriñándonos y, tras sacudirse las plumas, decide observar cómo bailamos a través del cristal rojo.


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