miércoles, 21 de septiembre de 2016

XXXVI-Tres años nuevos

Los envases vacíos de zumo vuelan como piedras-pluma. Las copas en las manos, las manos en los cuerpos repartidos en la calle: lejos los unos de los otros, no llegan ni a tocarse los ropajes negros de fiesta ni las melenas enmarañadas. Siento las burbujas al otro lado del cristal, cosquillas en las yemas y soy clara vista desde lejos. Te falta música para mirarme. Te echo de menos sin despegar los labios. Con ese silencio removido iniciamos el año nuevo y nadie se acuerda de brindar.

El barco es un tobogán de lentejuelas. Han tocado las campanas y el mar sigue ahí, con sus borregos y su profundidad. Todos con él, también los dedos que se aferran a mi cintura envuelta en terciopelo, mis dedos, mi abrazo. Hay mujeres bellas en cubierta, sonríen como un otoño recién llegado, ignoran que estamos en invierno y empieza un nuevo año. Podría besarlas una a una, igual que una brisa delicada, y rozarles los brazos desnudos de pasada, incluso ser ellas. Sin embargo el cielo explota, se me lleva.


Somos un corrillo en la alameda. Amanece un año nuevo, sol rojo nos salpica la conversación animada. El traje se me arruga de tanto hambre que tengo y aún no es fecha pero sé qué quiero: un rosco de Reyes con sus guindas, sus almendras y su nata. Hablo de morderlo y desbordarlo. Hablo de azúcar. Ahora todos quieren y me entregan billetes pequeños y monedas que caen en mi mano cuenco donde enjuago la boca tras cepillarme los dientes. Sus instrucciones son como escupir en la acera, así que marcho con mi convicción dándoles la espalda. Me equivoco de tienda un par de veces y subo demasiada calle, eso me parece. No debiera estar tan lejos el mostrador alto al que no alcanzo, lo recuerdo más cercano y blanco. La cola del vestido me arrastra y se me vienen tus ojos azules que un día me barrieron. No llego a lo esponjoso, no llego.


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