sábado, 21 de noviembre de 2015

XXIV-Una mujer donde quedarse

Era una mujer donde quedarse. Igual que un almohadón de plumas. Tan rubia como un lingote, la piel de porcelana. Ojos febriles y serenos. Llevaba dentro dos hijos hechos contigo a medias en una noche de verano, tras el vino de la cena, sobre una cama de sábanas estiradas, con besos en los ojos y silencio, todo en su sitio, muy humano. Comprendí que no quisieras este incendio, este desatino de jugar con las entrañas vacías y arañadas. Incluso yo me hubiera refugiado en el regazo de quien nos acompañaba en el café de la plaza llena de niños. «Soy tan puntual que siempre llego tarde», te lo dije mientras le apretabas cómplice la mano y no me mirabas. No envidié que la amases, envidié su dulzura frente a esta hiel de apeadero construido en medio de la nada. Las campanas de la iglesia tocaron las cinco y te levantaste cortés a despedirme, olíamos los dos a madera de lápiz afilado aunque no te diste cuenta porque ella nos sonreía con la boca de un higo abierto con los dedos.


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