domingo, 1 de noviembre de 2015

XXIII-Película romántica con música de fondo

Somos muchos los que hacemos cola dentro de la mercería, será por su renombre, su antigüedad o situación a mitad de la cuesta más pindia de la ciudad. Conserva las baldosas del suelo originales, el mostrador de madera antiguo, los dependientes flacos y estirados oliendo a naftalina. Nos sentimos como en casa de una abuela diligente y atenta. Hoy sin embargo nadie atiende, los tres trabajadores se mueven rápido, miran estanterías, abren cajones pero nos tienen a todos esperando. Disimulo mi impaciencia por conseguir una tela con bordados y permanezco quieta y callada. Se alarga tanto el tiempo que de esa goma surgen guerreros de una antigua glaciación en la nieve que cubre el parque del final de la calle; sorprendidos por el nuevo escenario empuñan sus armas afiladas buscando una guerra a la que asirse. En la tienda, ajenos a la rasgadura espacio temporal, perdemos la paciencia y nos marchamos en masa enfurecida.

Bajando la calle soy un chico apuesto que duerme entre cartones, me dirijo hacia donde ha de estar una bella actriz de teatro que me retó a encontrarla. En mi carrera parece oírse de fondo una música de película romántica, de esas que en lugar de azúcar llevan sacarina y siempre acaban bien y nunca hay mujeres gordas con las tetas caídas. Me cruzo entre los árboles, llegándome la nieve a las rodillas, con rudos hombres del pasado que aprietan los dientes y tienen los nudillos blancos; voy tan deprisa que ni siquiera ven como se me sale el corazón del pecho. Y se me sale, lo veo a un metro de mí señalándome el camino.


Los escalones que suben al camerino son de madera y mis pies veloces suenan sordos los tres pisos. Empujo la puerta y, apoyándome en la jamba, recupero el aliento y el corazón, me atuso el pelo. Está preciosa  repasándose los labios con carmín frente al espejo, cálida bajo esa luz de las bombillas como marco. Me pongo derecho, meto los pulgares en el chaleco, soy un hombre que ha cumplido su promesa. La dama levanta la mirada como un viento, me enfrenta los ojos. Y no me reconoce.


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