lunes, 17 de agosto de 2015

XVII-La perra con los ojos bicolor

La cerveza riega conversaciones que crecen altas, ramas vivas con aspecto de orugas gordas, con los frutos a punto de recitar poemas vestidos de fotografías desnudas. Las ideas grandes las gesticulamos con las manos y un hormiguero sin reina nos profana la carne. Apuramos los vasos. ¡Otra ronda!

La chica de la barra se dirige a la salida pensativa, a cámara lenta. Lleva el pelo oscuro de madriguera sujeto en un moño descuidado, los ojos le brillan y cada uno es de un color. Le vemos las imágenes de la cabeza, tiene una costa escarpada con senderos de un pie de ancho, colmados de vértigo e impaciencia, que llevan a casitas forradas de hierba con porches de lastra. Nos deja una estela de azules luminosos al cruzar la puerta.

Frente a nuestra mesa el joven ceñudo se mueve extraño, presentimos el peligro en el vello de los brazos, buscamos entender qué le remueve, pero se levanta y sale presuroso. Opaco. Oigo su voz, me llega desde fuera fuerte y dura: «¿Qué hace aquí esta perra?». En el exterior cuelga del precipicio la muchacha de los ojos bicolor, sólo veo sus dedos aferrados al borde, largos, níveos, con las uñas cortas y limpias. Varias personas corren a ayudarla y  el joven observa. Sé que la empujó, no lo presencié mas es certeza. Le sujeto por los brazos, se resiste tanto que me adivino con la cara rota y las manos arrancadas, sin embargo ante mi voz se tira en el suelo, manso.


La tensión adormece mi conciencia y despierto al amanecer. Hace frío y el rocío cubre las flores. Nadie ha venido a por el malo, a nadie le importa, se evapora si le miro. Sí socorrieron a la chica, tras atenderla la han dejado dormir sobre el verde protegida de la intemperie con un paraviento turquesa en el que un bulldog dibujado saca la lengua. Le velo el sueño.


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