domingo, 9 de agosto de 2015

XV- Caballitos de mar

En cuanto vi la fotografía supe que estábamos dentro: era una ventana y daba al mar. El marco de piedra blanqueada resaltaba tus ojos que dentro de la bañera igualaban el horizonte azul y el oleaje. El agua estaba tibia y dulce, como mi sonrisa al revolver el fondo, movías los labios sin hablar y comprendía el lenguaje de aquellos peces surgiendo de la piel, las cosquillas de sus burbujas elípticas rompiendo silenciosas en la superficie estirada por la porcelana.


Nos ofrecieron toallas color crema, esponjosas y grandes como tartas de cumpleaños. Caminar desnudos el suelo pulido transmitía un calor de velas apagadas y deseos. Te sequé. Me secaste. Pero la humedad se nos quedó dentro. Y allí,  donde intuíamos peldaños y pozas profundas donde ahogarse, un hombre regalaba hipocampos a quien agitase sin correr el pelo sujeto en una cola de caballo. El mío resultó ser un cachorro adormecido que cabía en la palma de la mano. El tuyo un adulto erguido con protuberancias curtidas y teñidas de verde. Como todos, al tacto, echaron a volar. Un espectáculo de caballitos de mar llenando el cielo, que no vi mirando como estaba tus brazos extendidos hacia ellos.


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