lunes, 13 de julio de 2015

XIV-Piernas de profeta

El olor a hierba cortada en el silencio de este barrio antiguo humedece la tierra que me rellena. Las ideas gotean de mi boca a las manos y con los dedos creo distintas telarañas más rápido que las niñas sentadas en corro bajo el pórtico, sus juegos torpes no se ven tras la música de sus voces solapadas. Ha muerto el silencio y, aún así, las piernas me sujetan.


La calle termina en un muro de piedras irregulares colocadas con la sabiduría de quien no usa cemento. Un hombre acumula sus trofeos en esa pared, al pasar me da tiempo a ver un par de manos níveas sujetando un alfiler, un bombín castaño arrugado por lo estrecho del resquicio, una espada, un pastel, una cabellera, un pie… Nada se pudre en el altar. Enfrente el precipicio de las saltadoras, donde las mujeres que dan a luz dos cachorros en el mismo parto se tiran con ellos en brazos, siguiendo el mandato de una tradición religiosa cuyo objeto se desconoce. Ayer, arropada por las miradas de admiración de su comunidad, una se lanzó sosteniendo bajo el brazo izquierdo un bebé sano hembra y bajo el otro un huevo agrietado. A pesar del riesgo extra por un no nato, sobrevivió, como todas, y conoció a su otro retoño en el suelo. Morirá alguien, en algún momento, habrá llantos y, aún así, las piernas me sujetarán.


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