miércoles, 4 de abril de 2018

XLVII-Alumbramiento


Voy a dar a luz. La habitación del hospital es enorme, la pared del fondo es una cristalera con puertas correderas que da a un patio con fuentes y jardines. Sentada en el tocador mi padre me cepilla el pelo, quizá cien veces; le pido una botella de agua que olvidé traer y según salen las palabras me doy cuenta que puedo ir yo, no es una enfermedad lo que me mantiene allí, soy capaz, iré. El cepillo está ya en el neceser, parece no haberse usado. Junto a la cama mi madre ha dejado papel en abundancia y un bolígrafo, escribo en prosa con letra de máquina antigua hasta llenar varias páginas. La chica de la cama  de enfrente me mira ensimismada, se parece a mi madre con dieciocho años antes de tenerme, una muchacha jovial y detenida como un fotograma.

Salgo a por agua. Mi barriga es enorme y maleable, pesa muchísimo y dudo que la piel aguante sin rasgarse así que la sostengo con las dos manos y avanzo torpe. En el camino de regreso me cruzo con dos gitanas gordísimas que me regalan romero, lo dejo en la mesita junto al agua, sentada en el borde de la cama tomo aliento. La chica salió a hacerse unas pruebas y su novio espera tumbado en su lugar, es un joven Kevin Bacon con el pelo de punta dudando si marcharse a una clínica privada, «estás en el lugar indicado», le digo. Entra la muchacha agitando la cola de caballo, la sonrisa, bromea al verme sentada agarrada a la panza. Río con ella: «¡Pesa una barbaridad! ¡Sal de ahí, pequeño, vamos ven!». El bebé da un vuelco y mis manos palpan sobre la piel estirada sus manitas, la cabeza…todo él se retuerce y algo se me rompe dentro.

«¡Ya está aquí!». El grito me pone en pie y el líquido amniótico sucio de sangre cae de golpe salpicando la colcha y los folios escritos que estaban en una silla junto a la cama. Aparto con suavidad los textos, me descalzo y ahora visto un camisón. Una enfermera se ha puesto a mi lado, en cuclillas, dice que no hay tiempo para ir al paritorio, ve la cabeza y debo ser yo quién lo coja según salga. Quiero decirle que olvidé lavarme las manos pero la criatura que asoma, cubierta de líquido, sangre y restos de tejido, me hace ver que soy estúpida. Lo sujeto de venirse contra el mundo, por la cabeza y los hombros, me da la espalda, sus piernitas están encogidas como las ancas de una rana, noto la fontanela bajo mis dedos y toda esa fragilidad que mantengo con firmeza me asegura que soy fuerte. No le veo el frontal pero sé que es un chico. La enfermera me pregunta si se ha desprendido la placenta en todos sus puntos, vuelvo la cabeza y le respondo con sarcasmo. A dos palmos del suelo mi hijo a salvo entre mis manos, el cordón umbilical asoma entre mis piernas, no hay dolor en las lágrimas que caen, sólo plenitud. El pequeño no se mueve, ni suena, creo que debo hacerle llorar para que libere los pulmones pero no me atrevo, no me atrevo.



martes, 3 de abril de 2018

XLVI-La poeta (cuando el encierro es una salvación)


En la habitación somos varios sentados en sillas diferentes. A pesar de los años que han pasado reconozco sus caras y asumo sus arrugas. Las voces son una música entrañable hasta que la mujer de la silla metálica nombra una muerta. El calor se me va de golpe, lloro, es un desconsuelo gritado. El hombre de la silla de madera se desbordó así hace unos meses, por eso una sonrisa en lugar de una sorpresa. Cuentan todos que era mala, enumeran uno a uno sus defectos y yo, que la conocí poco, estoy tan ahogada que no puedo pronunciar una virtud. Su hija se ha quedado sola en la casa, con los ojos en las puertas blancas y los dedos en el pelo negro. Ella es la belleza entre las zarzas.

Me saca de la mano una poeta. Nos funcionan las piernas y el viento rebota en nuestra piel de porcelana. Estoy casi segura de que nos late un corazón engrasado en algún sitio. Nuestras miradas son gemas en bruto tallándose en los parpadeos. Llegamos a una loma verde y me propone encerrarme en un recuadro. La idea es tan suculenta que la cocinamos despacio, tocándonos las voces que giran igual que un organillo. Damos forma a una esquina y, mientras me encajo dentro, ella sube al punto más alto. Va a encerrarme en el cuadrado ahora que es un punto entre un planeta y el espacio. Busco el cielo. Dispara.



jueves, 8 de marzo de 2018

XLV-Un hombre atormentado


En el muelle hay un grupo de personas congelando pequeñas esferas de fruta, las toman entre los dedos como tesoros, deben de hacerles cosquillas porque sonríen. Es de noche y sopla viento sur. Les observo desde lejos forzando los ojos y subo el cuello de mi gabardina, soy un hombre fornido salido de alguna película de cine negro antigua. Hay tormento en mi modo de esperar, en el gesto de mis hombros. Huelo mi loción para después del afeitado y el mar picado. Ella vendrá y podré besarla antes marcharme, otra vez.

Una barca se acerca empujada por los remos de un hombre que es una sombra diminuta y encorvada. Ella está de pie, coronada por una boina beige que le sujeta a medias los bucles dorados; apenas se cimbrea a pesar de las olas y el viento, la siento acercar como un mascarón de proa vivo, fuerte dentro de la falda de lana por debajo de las rodillas y la blusa blanca. Me llega el aroma de su cuello blanquísimo y sé que me ama. Camino hasta el amarre haciendo sonar mis zapatos lustrados mientras me atuso el pelo negro como un charco de aceite. Aún no saco las manos de los bolsillos, lo haré cuando la alcance y decido no irme después porque ella vino; renunciar a ser un hombre atormentado me recuerda la fruta helada e imagino la calidez de una garganta.

La barca golpea con suavidad el muelle. Ella no baja, me espera sin moverse más que lo que el sur se empeña. Embarco con urgencia y ella se desdobla para hundir los labios en sus labios, se besan cogidas de la cintura, en silencio y con la profundidad del océano. Sólo puedo mirarlas con el corazón roto, perdiendo a ratos el equilibrio.



jueves, 1 de febrero de 2018

XLIV - Una sucesión de muertes

Hay una sucesión de muertes, pasan ante los ojos a la manera de las diapositivas. Clik. Clak. Clik. Clak. Son todas anodinas, el prado que las rodea tiene calvas y el barro que asoma está sin pisar, abultado como una superficie de bizcocho a medio hornear. Lápidas grises, igual que el cielo que las techa. Clik. Clak. Clik. Clak. La soledad pesa en todas, es una humedad que nadie rompe para arrebujarla en huesos. Letras y números ilegibles que alguien cinceló, en pasado. Clik. Clak. Clik. Clak. Una muerte dorada acaba con el tedio de la serie. Resplandece y es magnífica, un sol enorme tendido en la hierba joven y tupida. Sobre el mausoleo hay una corona de mil puntas ribeteada con piedras preciosas, roza las nubes abriéndoles sonrisas. Una muerte luminosa y grande que acalla el clik y el clak, una calma tras la inquietud de una tormenta.


martes, 2 de enero de 2018

XLIII-Una casa viva

Entro en esta casa por primera vez y he pasado una vida en ella, hay huellas dactilares en la madera vieja de los marcos y recuerdos sujetos con las uñas al papel pintado. Le crujen los huesos a esta casa y me tiembla el corazón con su humedad. Los pasillos serpentean y sé que hay habitaciones con techos altos, la piel se me aja como el barniz antiguo, a ratos no distingo las estancias de mí misma, respiramos al unísono por los agujeros perfectos de la carcoma. Camino despacio revisándola entera, llegando siempre tarde a la presencia de seres humanos que ejecutan rutinas, tropiezo sus señales térmicas y las acaricio como espectros, les hablo con la lengua de los tabiques y las ondas alcanzan sus orillas. Llego a un centro sólo apreciado desde el cielo, el laberinto escondía un núcleo con aspecto de cuarto de baño y celebro su limpieza. Los azulejos rectangulares son pequeños y ocres, alguien dibujó en ellos figuras geométricas que se me meten por la nariz; el lavabo y la bañera son de líneas rectas, blancos como mi paladar. En el techo hay una lámpara que lanza un sedal con dos anzuelos, tira de mis ojos hasta levantarme los pies del suelo, miro su luz anaranjada con las pupilas cubriendo la esclerótica, el pelo me roza los talones y una inercia cálida me empuja a girar. Giro y giro y giro y giro y nace un camisón blanco que alza el vuelo conmigo.


domingo, 22 de octubre de 2017

XLII-Invasión alienígena

Los platillos volantes llegaron silenciosos, sorprendiendo a las ciudades con sus sombras repentinas. Cada uno de ellos suspendido sobre una población como un sombrero sin ladear.

Una invasión alienígena que nos trajo dolor en las cervicales. Extraterrestres que sometieron a la humanidad calzando a cada individuo con zapatos dos números más grandes e intercambiando el derecho por el izquierdo. Nos obligaban a desfilar en formaciones ordenadas aunque de paso torpe; todos temíamos golpear las pantorrillas del de delante con las punteras y sufríamos calambres.

De noche nos dividían en grupos de entre cinco y diez personas y nos asignaban un piso. Allí acontecía la asamblea que decidía acerca de cómo habría de cocinarse la chistorra que nos proporcionaban para cenar. Siempre había alguno que proponía freírla, lo cual suponía un momento de distensión y chascarrillos pues rompía todas las reglas de sanidad pública. El debate no iba más allá de media hora y votábamos a mano alzada. Elegida la técnica culinaria, un piedra-papel-tijera decidía el chef.


Comíamos con las manos sentados en el suelo como indios formando un círculo, masticando la chistorra muy despacio, tanto que digeríamos un bocado antes de tragar el que seguía. Terminada la cena nos lamíamos los dedos y los secábamos en la camisa, después nos descalzábamos dejando los zapatos alineados delante. Y mirándonos a los ojos les sacábamos brillo para el día siguiente.

Fotograma de "La tierra contra los platillos volantes", 1956

domingo, 11 de junio de 2017

XLI - La historia de los pequeños bolardos

Parece un pirata tumbado de esa forma sobre los cojines, con la barba tupida y la mirada metálica. Con su chaqueta acolchada sobre los hombros me reclino sobre él y señalo a su espalda sonriendo, dispuesta a la broma de golpearle suavemente con una de las mangas en cuanto gire la cabeza. Sin embargo elude la provocación, se clava en mis ojos. Insisto, varias veces, mas rendida le pregunto extrañada: « ¿Has crecido? ». En lugar de resolver mi duda, cruza las piernas y me narra su historia con los pequeños bolardos.

Hubo un tiempo en que el amor por una mujer lo había llevado a extender las noches en sufrimiento junto a una barra y una bebida; hasta que en una de luna llena, en el bar de Mouris, decidieron abandonarlo en la calle y que lo matara la luz del día. Recorrer las calles oscuras, casi desconocidas, le deparó la sorpresa de descubrir la vida de los pequeños bolardos, aún cachorros. Se dedicaban a recoger del suelo polvo blanco, hasta acumularlo en puñaditos que más tarde, esparcían sobre su ropa, con la intención de putearle y que algún agente de la ley lo detuviese.

Desarrolló un plan para eliminarlos dado que a patadas no había podido. La idea era matarlos, una vez cobraran vida, golpeándolos con el parachoques del viejo Seat. Como alcanzarlos mientras corrían era imposible por su rapidez, puso una trampa en el suelo que les hiciera caer: el impacto los alcanzaría al erguirse. Dispuso todo, les persiguió llevándolos sutilmente hacia el obstáculo y… falló. Los pequeños bolardos una vez caídos no se incorporaron, se quedaron pegados contra suelo incluidas sus cabecitas redondas. Muy quietos, objetos inertes.


Al apearse del coche contrariado, vio que en la acera un grupo de obreros lo observaban. A pesar de no haber despuntado el sol, parecía iban a iniciar los trabajos de acondicionamiento vial. Sus ceños estaban fruncidos y los ojos saltaban de los pequeños bolardos a su coche, de su coche a los pequeños bolardos. Agitaron sus manos asidas a las herramientas y le recriminaron ejecutar ese plan malvado en una zona adoquinada. Que lo repitiera, dijeron, pero en otra.


«Fin», pronunció, dejando ver un diente de oro. Le acaricié la barba y entretuve los dedos en el adorno de plata  que lucía: un cilindro estriado, terminado en una diminuta bola pulida.


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