sábado, 30 de junio de 2018

L – La mujer que construía su casa


Ella construía su casa. Llegué hasta su puerta tras pasar un mercadillo lleno de sombreros con mapas del tesoro debajo de las mesas. Era una mujer hermosa trabajando con las manos. Me ofreció té en una taza de porcelana antigua y asiento en una caja de madera. Desde allí escuché la historia de cómo levantó las paredes y ensambló la puerta, de dónde recogió cada uno de los muebles, de cómo trajo colchones, limpiándolos y dejándolos secar sobre caballetes, hasta conseguir uno de la anchura adecuada y así dormir acompañada, si quería. Lo narró todo sin dejar de moverse, decorando la estancia y señalando las cosas que iba citando; caminaba descalza, vestida con una camiseta que apenas cubría medio muslo. Mi bebida olía a canela y creí que era su piel. Cuando terminó sus quehaceres vino a ponerse frente a mí de rodillas; me habló de un hombre nuevo que supe jamás la entendería, no como yo. «No como yo», pronuncié y supo de qué hablaba y me besó en la boca hasta quedarnos solas en el mundo.



domingo, 13 de mayo de 2018

XLIX-La reliquia


La bandeja blanca que te recoge igual que una reliquia es un trozo de la camilla donde  moriste. Debí robarla entonces, no lo recuerdo, apenas recuerdo nada de aquellos días. Hice un rebaje en el centro con forma de cruz y allí encaja tu cuerpo incorrupto del tamaño de una hoja de orquídea – el aroma de las flores cortadas ese verano, eso sí rescata mi memoria-. Hoy te extraño tanto que me encierro en una habitación contigo, apoyo en las rodillas la bandeja y me envuelvo en vendas para ser una momia y no asustarte. Tu madre se sienta a mi lado y pasa su brazo sobre mis hombros, viste de blanco porque no está viva y es la única que entiende el ritual de conservarte.

Saco tu cuerpecito que al tacto parece de cera blanca, se te quedó un gesto plácido de dormido y no te encuentro en él. Una voz interna me susurra que fuiste una desaparición, que quizá hayas respirado estos años en algún sitio… los ojos de tu madre me miran y lo niegan, es real lo que tenemos en las manos. Acaricio tu melena negra, los rizos enmarañados y se quiebran los mechones por el tiempo. Es demasiado el tiempo. Demasiado. No debí sacarte de tu pequeño sepulcro, te deshaces en pedazos y sólo puedo ahogarme. Entre los dedos te me vas, seco y suave. Y las lágrimas no brotan, son una piedra en la garganta creciendo a cada intento de bocanada. Coloco rápida lo que queda en tu cruz y siento la mano cálida de ella apretándome el hombro, inspirando confianza. Tu piel luce cetrina y la cara muestra una mueca extraña, el pelo te ha nacido áspero y blanquísimo. No te reconozco pero te devuelvo al armario, eres lo único que nos queda.



domingo, 6 de mayo de 2018

XLVIII – Ballenas metálicas


El viaje me ha llevado a una ciudad desconocida en otro país. Camino el paseo marítimo rodeada de amigos, uno de ellos se mudó aquí hace tiempo y nos sirve de guía. Una brisa cálida nos agita los cabellos y las palabras. Más allá de la baranda azul oscuro un océano infinito azul claro y en la misma línea del horizonte, desdibujadas por la bruma, construcciones metálicas rectangulares saltando como ballenas. Las observo hacer piruetas, caer pesadas al agua, encajarse unas a otras en distintas posiciones; es una danza bella que cautiva. Le pregunto al cabecilla qué es aquello que me tiene entusiasmada. «¿Así que lo ves?», pregunta; asiento sin volver la mirada del brillo de la espuma salpicando el metal vivo. Nos relata como en la ciudad hay un debate continuo sobre si lo que acontece en el horizonte es real o no; es un mundo que no toda la gente ve y eso lo convierte en duda. Nadie se atrevió a acercarse, por si no existe.

El paseo se rompe en un punto como si lo hubiera arrancado un gigante. Por la grieta entra una lengua de agua con aspecto acogedor donde hay que saltar según el guía, pero se solapa a sus palabras la imagen de un monstruo marino con aspecto de manta, dirigiéndose veloz al mismo lugar donde vamos a caer. Expreso mi miedo señalando el animal y me contesta la voz serena de mi amigo, indicando que aquel ser viene de ese mundo incrustado en el horizonte y quién sabe si es o no es, por eso hay que saltar, no arriesgar es detenerse en el camino. Lo veo zambullirse  y dejo el temor pegado con un chicle a las baldosas. Salto. El mar es templado y ya no hay monstruos. Nadamos hacia el confín buscando saber, todos juntos.



miércoles, 4 de abril de 2018

XLVII-Alumbramiento


Voy a dar a luz. La habitación del hospital es enorme, la pared del fondo es una cristalera con puertas correderas que da a un patio con fuentes y jardines. Sentada en el tocador mi padre me cepilla el pelo, quizá cien veces; le pido una botella de agua que olvidé traer y según salen las palabras me doy cuenta que puedo ir yo, no es una enfermedad lo que me mantiene allí, soy capaz, iré. El cepillo está ya en el neceser, parece no haberse usado. Junto a la cama mi madre ha dejado papel en abundancia y un bolígrafo, escribo en prosa con letra de máquina antigua hasta llenar varias páginas. La chica de la cama  de enfrente me mira ensimismada, se parece a mi madre con dieciocho años antes de tenerme, una muchacha jovial y detenida como un fotograma.

Salgo a por agua. Mi barriga es enorme y maleable, pesa muchísimo y dudo que la piel aguante sin rasgarse así que la sostengo con las dos manos y avanzo torpe. En el camino de regreso me cruzo con dos gitanas gordísimas que me regalan romero, lo dejo en la mesita junto al agua, sentada en el borde de la cama tomo aliento. La chica salió a hacerse unas pruebas y su novio espera tumbado en su lugar, es un joven Kevin Bacon con el pelo de punta dudando si marcharse a una clínica privada, «estás en el lugar indicado», le digo. Entra la muchacha agitando la cola de caballo, la sonrisa, bromea al verme sentada agarrada a la panza. Río con ella: «¡Pesa una barbaridad! ¡Sal de ahí, pequeño, vamos ven!». El bebé da un vuelco y mis manos palpan sobre la piel estirada sus manitas, la cabeza…todo él se retuerce y algo se me rompe dentro.

«¡Ya está aquí!». El grito me pone en pie y el líquido amniótico sucio de sangre cae de golpe salpicando la colcha y los folios escritos que estaban en una silla junto a la cama. Aparto con suavidad los textos, me descalzo y ahora visto un camisón. Una enfermera se ha puesto a mi lado, en cuclillas, dice que no hay tiempo para ir al paritorio, ve la cabeza y debo ser yo quién lo coja según salga. Quiero decirle que olvidé lavarme las manos pero la criatura que asoma, cubierta de líquido, sangre y restos de tejido, me hace ver que soy estúpida. Lo sujeto de venirse contra el mundo, por la cabeza y los hombros, me da la espalda, sus piernitas están encogidas como las ancas de una rana, noto la fontanela bajo mis dedos y toda esa fragilidad que mantengo con firmeza me asegura que soy fuerte. No le veo el frontal pero sé que es un chico. La enfermera me pregunta si se ha desprendido la placenta en todos sus puntos, vuelvo la cabeza y le respondo con sarcasmo. A dos palmos del suelo mi hijo a salvo entre mis manos, el cordón umbilical asoma entre mis piernas, no hay dolor en las lágrimas que caen, sólo plenitud. El pequeño no se mueve, ni suena, creo que debo hacerle llorar para que libere los pulmones pero no me atrevo, no me atrevo.



martes, 3 de abril de 2018

XLVI-La poeta (cuando el encierro es una salvación)


En la habitación somos varios sentados en sillas diferentes. A pesar de los años que han pasado reconozco sus caras y asumo sus arrugas. Las voces son una música entrañable hasta que la mujer de la silla metálica nombra una muerta. El calor se me va de golpe, lloro, es un desconsuelo gritado. El hombre de la silla de madera se desbordó así hace unos meses, por eso una sonrisa en lugar de una sorpresa. Cuentan todos que era mala, enumeran uno a uno sus defectos y yo, que la conocí poco, estoy tan ahogada que no puedo pronunciar una virtud. Su hija se ha quedado sola en la casa, con los ojos en las puertas blancas y los dedos en el pelo negro. Ella es la belleza entre las zarzas.

Me saca de la mano una poeta. Nos funcionan las piernas y el viento rebota en nuestra piel de porcelana. Estoy casi segura de que nos late un corazón engrasado en algún sitio. Nuestras miradas son gemas en bruto tallándose en los parpadeos. Llegamos a una loma verde y me propone encerrarme en un recuadro. La idea es tan suculenta que la cocinamos despacio, tocándonos las voces que giran igual que un organillo. Damos forma a una esquina y, mientras me encajo dentro, ella sube al punto más alto. Va a encerrarme en el cuadrado ahora que es un punto entre un planeta y el espacio. Busco el cielo. Dispara.



jueves, 8 de marzo de 2018

XLV-Un hombre atormentado


En el muelle hay un grupo de personas congelando pequeñas esferas de fruta, las toman entre los dedos como tesoros, deben de hacerles cosquillas porque sonríen. Es de noche y sopla viento sur. Les observo desde lejos forzando los ojos y subo el cuello de mi gabardina, soy un hombre fornido salido de alguna película de cine negro antigua. Hay tormento en mi modo de esperar, en el gesto de mis hombros. Huelo mi loción para después del afeitado y el mar picado. Ella vendrá y podré besarla antes marcharme, otra vez.

Una barca se acerca empujada por los remos de un hombre que es una sombra diminuta y encorvada. Ella está de pie, coronada por una boina beige que le sujeta a medias los bucles dorados; apenas se cimbrea a pesar de las olas y el viento, la siento acercar como un mascarón de proa vivo, fuerte dentro de la falda de lana por debajo de las rodillas y la blusa blanca. Me llega el aroma de su cuello blanquísimo y sé que me ama. Camino hasta el amarre haciendo sonar mis zapatos lustrados mientras me atuso el pelo negro como un charco de aceite. Aún no saco las manos de los bolsillos, lo haré cuando la alcance y decido no irme después porque ella vino; renunciar a ser un hombre atormentado me recuerda la fruta helada e imagino la calidez de una garganta.

La barca golpea con suavidad el muelle. Ella no baja, me espera sin moverse más que lo que el sur se empeña. Embarco con urgencia y ella se desdobla para hundir los labios en sus labios, se besan cogidas de la cintura, en silencio y con la profundidad del océano. Sólo puedo mirarlas con el corazón roto, perdiendo a ratos el equilibrio.



jueves, 1 de febrero de 2018

XLIV - Una sucesión de muertes

Hay una sucesión de muertes, pasan ante los ojos a la manera de las diapositivas. Clik. Clak. Clik. Clak. Son todas anodinas, el prado que las rodea tiene calvas y el barro que asoma está sin pisar, abultado como una superficie de bizcocho a medio hornear. Lápidas grises, igual que el cielo que las techa. Clik. Clak. Clik. Clak. La soledad pesa en todas, es una humedad que nadie rompe para arrebujarla en huesos. Letras y números ilegibles que alguien cinceló, en pasado. Clik. Clak. Clik. Clak. Una muerte dorada acaba con el tedio de la serie. Resplandece y es magnífica, un sol enorme tendido en la hierba joven y tupida. Sobre el mausoleo hay una corona de mil puntas ribeteada con piedras preciosas, roza las nubes abriéndoles sonrisas. Una muerte luminosa y grande que acalla el clik y el clak, una calma tras la inquietud de una tormenta.


...

...