jueves, 1 de febrero de 2018

XLIV - Una sucesión de muertes

Hay una sucesión de muertes, pasan ante los ojos a la manera de las diapositivas. Clik. Clak. Clik. Clak. Son todas anodinas, el prado que las rodea tiene calvas y el barro que asoma está sin pisar, abultado como una superficie de bizcocho a medio hornear. Lápidas grises, igual que el cielo que las techa. Clik. Clak. Clik. Clak. La soledad pesa en todas, es una humedad que nadie rompe para arrebujarla en huesos. Letras y números ilegibles que alguien cinceló, en pasado. Clik. Clak. Clik. Clak. Una muerte dorada acaba con el tedio de la serie. Resplandece y es magnífica, un sol enorme tendido en la hierba joven y tupida. Sobre el mausoleo hay una corona de mil puntas ribeteada con piedras preciosas, roza las nubes abriéndoles sonrisas. Una muerte luminosa y grande que acalla el clik y el clak, una calma tras la inquietud de una tormenta.


martes, 2 de enero de 2018

XLIII-Una casa viva

Entro en esta casa por primera vez y he pasado una vida en ella, hay huellas dactilares en la madera vieja de los marcos y recuerdos sujetos con las uñas al papel pintado. Le crujen los huesos a esta casa y me tiembla el corazón con su humedad. Los pasillos serpentean y sé que hay habitaciones con techos altos, la piel se me aja como el barniz antiguo, a ratos no distingo las estancias de mí misma, respiramos al unísono por los agujeros perfectos de la carcoma. Camino despacio revisándola entera, llegando siempre tarde a la presencia de seres humanos que ejecutan rutinas, tropiezo sus señales térmicas y las acaricio como espectros, les hablo con la lengua de los tabiques y las ondas alcanzan sus orillas. Llego a un centro sólo apreciado desde el cielo, el laberinto escondía un núcleo con aspecto de cuarto de baño y celebro su limpieza. Los azulejos rectangulares son pequeños y ocres, alguien dibujó en ellos figuras geométricas que se me meten por la nariz; el lavabo y la bañera son de líneas rectas, blancos como mi paladar. En el techo hay una lámpara que lanza un sedal con dos anzuelos, tira de mis ojos hasta levantarme los pies del suelo, miro su luz anaranjada con las pupilas cubriendo la esclerótica, el pelo me roza los talones y una inercia cálida me empuja a girar. Giro y giro y giro y giro y nace un camisón blanco que alza el vuelo conmigo.


domingo, 22 de octubre de 2017

XLII-Invasión alienígena

Los platillos volantes llegaron silenciosos, sorprendiendo a las ciudades con sus sombras repentinas. Cada uno de ellos suspendido sobre una población como un sombrero sin ladear.

Una invasión alienígena que nos trajo dolor en las cervicales. Extraterrestres que sometieron a la humanidad calzando a cada individuo con zapatos dos números más grandes e intercambiando el derecho por el izquierdo. Nos obligaban a desfilar en formaciones ordenadas aunque de paso torpe; todos temíamos golpear las pantorrillas del de delante con las punteras y sufríamos calambres.

De noche nos dividían en grupos de entre cinco y diez personas y nos asignaban un piso. Allí acontecía la asamblea que decidía acerca de cómo habría de cocinarse la chistorra que nos proporcionaban para cenar. Siempre había alguno que proponía freírla, lo cual suponía un momento de distensión y chascarrillos pues rompía todas las reglas de sanidad pública. El debate no iba más allá de media hora y votábamos a mano alzada. Elegida la técnica culinaria, un piedra-papel-tijera decidía el chef.


Comíamos con las manos sentados en el suelo como indios formando un círculo, masticando la chistorra muy despacio, tanto que digeríamos un bocado antes de tragar el que seguía. Terminada la cena nos lamíamos los dedos y los secábamos en la camisa, después nos descalzábamos dejando los zapatos alineados delante. Y mirándonos a los ojos les sacábamos brillo para el día siguiente.

Fotograma de "La tierra contra los platillos volantes", 1956

domingo, 11 de junio de 2017

XLI - La historia de los pequeños bolardos

Parece un pirata tumbado de esa forma sobre los cojines, con la barba tupida y la mirada metálica. Con su chaqueta acolchada sobre los hombros me reclino sobre él y señalo a su espalda sonriendo, dispuesta a la broma de golpearle suavemente con una de las mangas en cuanto gire la cabeza. Sin embargo elude la provocación, se clava en mis ojos. Insisto, varias veces, mas rendida le pregunto extrañada: « ¿Has crecido? ». En lugar de resolver mi duda, cruza las piernas y me narra su historia con los pequeños bolardos.

Hubo un tiempo en que el amor por una mujer lo había llevado a extender las noches en sufrimiento junto a una barra y una bebida; hasta que en una de luna llena, en el bar de Mouris, decidieron abandonarlo en la calle y que lo matara la luz del día. Recorrer las calles oscuras, casi desconocidas, le deparó la sorpresa de descubrir la vida de los pequeños bolardos, aún cachorros. Se dedicaban a recoger del suelo polvo blanco, hasta acumularlo en puñaditos que más tarde, esparcían sobre su ropa, con la intención de putearle y que algún agente de la ley lo detuviese.

Desarrolló un plan para eliminarlos dado que a patadas no había podido. La idea era matarlos, una vez cobraran vida, golpeándolos con el parachoques del viejo Seat. Como alcanzarlos mientras corrían era imposible por su rapidez, puso una trampa en el suelo que les hiciera caer: el impacto los alcanzaría al erguirse. Dispuso todo, les persiguió llevándolos sutilmente hacia el obstáculo y… falló. Los pequeños bolardos una vez caídos no se incorporaron, se quedaron pegados contra suelo incluidas sus cabecitas redondas. Muy quietos, objetos inertes.


Al apearse del coche contrariado, vio que en la acera un grupo de obreros lo observaban. A pesar de no haber despuntado el sol, parecía iban a iniciar los trabajos de acondicionamiento vial. Sus ceños estaban fruncidos y los ojos saltaban de los pequeños bolardos a su coche, de su coche a los pequeños bolardos. Agitaron sus manos asidas a las herramientas y le recriminaron ejecutar ese plan malvado en una zona adoquinada. Que lo repitiera, dijeron, pero en otra.


«Fin», pronunció, dejando ver un diente de oro. Le acaricié la barba y entretuve los dedos en el adorno de plata  que lucía: un cilindro estriado, terminado en una diminuta bola pulida.


jueves, 27 de abril de 2017

XL - Los pájaros

Hay un tiempo muerto, sin pulso. Lo entierro con mis hijos en una cafetería donde ofrecen risotto ardiendo en la barra. Por la ventana los veo jugar en el jardín, un punto verde fuera de lugar en la ciudad gris, cemento vertical mudo y sucio por las lluvias. El café es cremoso, el taburete de madera. En otro lugar hay un bar de mismo nombre y, en un asiento idéntico, un amante beberá cerveza. Quizá estemos levantando la mano al unísono, besando un borde en sincronía. La bebida y el pensamiento me templan.

Un estruendo nos hace levantar a todos, incluso mis hijos entran corriendo y se sujetan a mi pernera. El camarero, secándose las manos en el mandil, es el primero en llegar al origen del ruido: la pared de cartón que separaba el pasillo de los aseos ha caído. Al otro lado un niño de unos cinco años llama a su mamá que entró a cambiar el pañal a su hermana y aún no ha salido. Tarda mucho. Alguien comenta que es el de la Puri, más allá otro dice que no tiene sus ojos. Busco en los lavabos, no hay nadie. Lo miramos en su soledad sin tomarle siquiera la mano. Casi es una eternidad su miedo y nuestra lejanía. Entonces su padre pasa por encima de los escombros y se lo lleva. « Ya era hora que algún día se hiciera cargo», comenta una vieja. «¿Veis? Os dije que era el de la Puri», echa en cara un señor con buzo que ya regresa a su mesa.

De vuelta a casa luce el sol. Dentro, en la terraza acristalada, la colada tendida parece un precioso cuadro colorista. Jugamos en las habitaciones, comemos con las manos y reímos. Algo se mueve en las cuerdas y paso al otro lado del cristal. Dos palomas se han colado y gorjean. Intento echarlas mas no puedo y es tan tarde que decido dejarlo para el día siguiente. Despierto y la terraza está ahora llena de palomas de todos los tamaños. No veo por dónde han podido entrar. Voy cerrando puertas y ventanas. Los niños me ayudan. Al fondo el vecino no ha perdido del todo la cordura, aunque al verle sentado en la butaca, a oscuras, frente a la tele apagada, me asusta pensar en su mujer e hija ausentes demasiadas horas. Sin embargo, sonríe cuando vuelve la cabeza ante nuestra disculpa por molestarle asegurando los cierres de la casa. Esa curva no es la de un loco.


A las palomas se les han unido unos enormes avestruces melenudos que nos retan con los picos. Quizá nos ganen el hogar. Entrelazamos los dedos, cerramos los ojos y el siguiente amanecer es una terraza vacía de aves y la ropa limpia llena de agujeros.


lunes, 17 de abril de 2017

XXXIX - La pesadilla del hombre de dos cuerpos

Esa niña. No puedo evitar tirarle del pelo, con rabia y sin que se dé cuenta. Llora, sus ojos son dos interrogaciones cuando me mira, la consuelo y hago daño. El cabello fino y mis dedos y un océano que arde. Estamos juntas y solas.

A la casa le chirrían las maderas, le crujen los cimientos cuando entra ese hombre de dos cuerpos con los puños cerrados y la ira. No quiero ver, parece tan real la inconsciencia del chico tras el golpe, la sangre de la joven, la respiración entrecortada de la mujer con la que se ensaña. Me tapo la cara con las manos y sus manos ásperas y sucias me las apartan. Ella se ha arrastrado hasta las escaleras y agoniza, el monstruo es un sádico atrapando un trofeo de pupila dilatada con el aspirador. Huyo escaleras arriba aunque la lógica me apunta el camino hacia abajo; pero mis piernas suben y visto la combinación blanca de la mujer torturada y me duelen los muslos y los brazos y la sonrisa.

En lo alto del edificio no hay azotea, se abre a una salida de metro antigua con balaustrada de hierro. En la calle es de noche y tengo frío. Antes de pedir ayuda observo el hueco negro por el que he venido: el chico ha recobrado el sentido y se acurruca en el sofá en lugar de escapar o enfrentar al asesino; lo ha dejado todo en mis manos pequeñas.


Me apresuro hacia la gente que conversa en corrillos salpicados por las aceras. La cuenca de mi ojo derecho está vacía. Nadie me mira. Grito. Nadie me escucha. Giro y me agito. Grito. Grito. Pidiendo auxilio. De dolor. Y el hombre fornido nos mata. Despacio. Muy despacio. Sin  matarnos.


lunes, 10 de abril de 2017

XXXVIII - Domingo de paella

Mañana recordaré la pesadilla, hoy la noche es más amable y se celebra un cumpleaños. Hay tantos platos de paella que nadie puede contarlos y aplastamos el verde con los pies descalzos girando alrededor de la mesa. Si se cae una gamba los niños la recogen, menos el mío, que ha encontrado una carretera y me mastica el corazón. Todo este amor a veces es un miedo, siendo ellos tan tiernos para un ogro.

Una vieja amiga me lleva al cine en una plancha metálica voladora. En ocasiones siento vértigo y ella parece Momo. Viene con nosotras un cachorro de mastín que se alborota y actúa como un gato, se deja abrazar a medias y le susurro, como a los pájaros. Por el camino le cuento la inquietud que me invade en los semáforos cuando conduzco sola y pasan sobre mí las cargas pesadas de la fábrica, pudieran fallar los mecanismos y caerme encima. «Aún tengo cosas que hacer», le digo. Ella me sonríe y se despeina con un tirabuzón cerrado que nos aterriza. El perro caza ratones mientras nos despedimos.

La cartelera no ha cambiado desde el último sueño en el que vine y vuelve a estar la sesión empezada. Espero la siguiente buceando tus ojos azules en mi pubis; el tiempo es un roto que no sé coser, me pasa como con los botones o los bajos, me miras y deshaces, lejano. Si te tocara, alguien me avisaría de que el arroz está listo.


«¡Todos a la mesa o la comida se enfriará!».


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