domingo, 11 de junio de 2017

XLI - La historia de los pequeños bolardos

Parece un pirata tumbado de esa forma sobre los cojines, con la barba tupida y la mirada metálica. Con su chaqueta acolchada sobre los hombros me reclino sobre él y señalo a su espalda sonriendo, dispuesta a la broma de golpearle suavemente con una de las mangas en cuanto gire la cabeza. Sin embargo elude la provocación, se clava en mis ojos. Insisto, varias veces, mas rendida le pregunto extrañada: « ¿Has crecido? ». En lugar de resolver mi duda, cruza las piernas y me narra su historia con los pequeños bolardos.

Hubo un tiempo en que el amor por una mujer lo había llevado a extender las noches en sufrimiento junto a una barra y una bebida; hasta que en una de luna llena, en el bar de Mouris, decidieron abandonarlo en la calle y que lo matara la luz del día. Recorrer las calles oscuras, casi desconocidas, le deparó la sorpresa de descubrir la vida de los pequeños bolardos, aún cachorros. Se dedicaban a recoger del suelo polvo blanco, hasta acumularlo en puñaditos que más tarde, esparcían sobre su ropa, con la intención de putearle y que algún agente de la ley lo detuviese.

Desarrolló un plan para eliminarlos dado que a patadas no había podido. La idea era matarlos, una vez cobraran vida, golpeándolos con el parachoques del viejo Seat. Como alcanzarlos mientras corrían era imposible por su rapidez, puso una trampa en el suelo que les hiciera caer: el impacto los alcanzaría al erguirse. Dispuso todo, les persiguió llevándolos sutilmente hacia el obstáculo y… falló. Los pequeños bolardos una vez caídos no se incorporaron, se quedaron pegados contra suelo incluidas sus cabecitas redondas. Muy quietos, objetos inertes.


Al apearse del coche contrariado, vio que en la acera un grupo de obreros lo observaban. A pesar de no haber despuntado el sol, parecía iban a iniciar los trabajos de acondicionamiento vial. Sus ceños estaban fruncidos y los ojos saltaban de los pequeños bolardos a su coche, de su coche a los pequeños bolardos. Agitaron sus manos asidas a las herramientas y le recriminaron ejecutar ese plan malvado en una zona adoquinada. Que lo repitiera, dijeron, pero en otra.


«Fin», pronunció, dejando ver un diente de oro. Le acaricié la barba y entretuve los dedos en el adorno de plata  que lucía: un cilindro estriado, terminado en una diminuta bola pulida.


jueves, 27 de abril de 2017

XL - Los pájaros

Hay un tiempo muerto, sin pulso. Lo entierro con mis hijos en una cafetería donde ofrecen risotto ardiendo en la barra. Por la ventana los veo jugar en el jardín, un punto verde fuera de lugar en la ciudad gris, cemento vertical mudo y sucio por las lluvias. El café es cremoso, el taburete de madera. En otro lugar hay un bar de mismo nombre y, en un asiento idéntico, un amante beberá cerveza. Quizá estemos levantando la mano al unísono, besando un borde en sincronía. La bebida y el pensamiento me templan.

Un estruendo nos hace levantar a todos, incluso mis hijos entran corriendo y se sujetan a mi pernera. El camarero, secándose las manos en el mandil, es el primero en llegar al origen del ruido: la pared de cartón que separaba el pasillo de los aseos ha caído. Al otro lado un niño de unos cinco años llama a su mamá que entró a cambiar el pañal a su hermana y aún no ha salido. Tarda mucho. Alguien comenta que es el de la Puri, más allá otro dice que no tiene sus ojos. Busco en los lavabos, no hay nadie. Lo miramos en su soledad sin tomarle siquiera la mano. Casi es una eternidad su miedo y nuestra lejanía. Entonces su padre pasa por encima de los escombros y se lo lleva. « Ya era hora que algún día se hiciera cargo», comenta una vieja. «¿Veis? Os dije que era el de la Puri», echa en cara un señor con buzo que ya regresa a su mesa.

De vuelta a casa luce el sol. Dentro, en la terraza acristalada, la colada tendida parece un precioso cuadro colorista. Jugamos en las habitaciones, comemos con las manos y reímos. Algo se mueve en las cuerdas y paso al otro lado del cristal. Dos palomas se han colado y gorjean. Intento echarlas mas no puedo y es tan tarde que decido dejarlo para el día siguiente. Despierto y la terraza está ahora llena de palomas de todos los tamaños. No veo por dónde han podido entrar. Voy cerrando puertas y ventanas. Los niños me ayudan. Al fondo el vecino no ha perdido del todo la cordura, aunque al verle sentado en la butaca, a oscuras, frente a la tele apagada, me asusta pensar en su mujer e hija ausentes demasiadas horas. Sin embargo, sonríe cuando vuelve la cabeza ante nuestra disculpa por molestarle asegurando los cierres de la casa. Esa curva no es la de un loco.


A las palomas se les han unido unos enormes avestruces melenudos que nos retan con los picos. Quizá nos ganen el hogar. Entrelazamos los dedos, cerramos los ojos y el siguiente amanecer es una terraza vacía de aves y la ropa limpia llena de agujeros.


lunes, 17 de abril de 2017

XXXIX - La pesadilla del hombre de dos cuerpos

Esa niña. No puedo evitar tirarle del pelo, con rabia y sin que se dé cuenta. Llora, sus ojos son dos interrogaciones cuando me mira, la consuelo y hago daño. El cabello fino y mis dedos y un océano que arde. Estamos juntas y solas.

A la casa le chirrían las maderas, le crujen los cimientos cuando entra ese hombre de dos cuerpos con los puños cerrados y la ira. No quiero ver, parece tan real la inconsciencia del chico tras el golpe, la sangre de la joven, la respiración entrecortada de la mujer con la que se ensaña. Me tapo la cara con las manos y sus manos ásperas y sucias me las apartan. Ella se ha arrastrado hasta las escaleras y agoniza, el monstruo es un sádico atrapando un trofeo de pupila dilatada con el aspirador. Huyo escaleras arriba aunque la lógica me apunta el camino hacia abajo; pero mis piernas suben y visto la combinación blanca de la mujer torturada y me duelen los muslos y los brazos y la sonrisa.

En lo alto del edificio no hay azotea, se abre a una salida de metro antigua con balaustrada de hierro. En la calle es de noche y tengo frío. Antes de pedir ayuda observo el hueco negro por el que he venido: el chico ha recobrado el sentido y se acurruca en el sofá en lugar de escapar o enfrentar al asesino; lo ha dejado todo en mis manos pequeñas.


Me apresuro hacia la gente que conversa en corrillos salpicados por las aceras. La cuenca de mi ojo derecho está vacía. Nadie me mira. Grito. Nadie me escucha. Giro y me agito. Grito. Grito. Pidiendo auxilio. De dolor. Y el hombre fornido nos mata. Despacio. Muy despacio. Sin  matarnos.


lunes, 10 de abril de 2017

XXXVIII - Domingo de paella

Mañana recordaré la pesadilla, hoy la noche es más amable y se celebra un cumpleaños. Hay tantos platos de paella que nadie puede contarlos y aplastamos el verde con los pies descalzos girando alrededor de la mesa. Si se cae una gamba los niños la recogen, menos el mío, que ha encontrado una carretera y me mastica el corazón. Todo este amor a veces es un miedo, siendo ellos tan tiernos para un ogro.

Una vieja amiga me lleva al cine en una plancha metálica voladora. En ocasiones siento vértigo y ella parece Momo. Viene con nosotras un cachorro de mastín que se alborota y actúa como un gato, se deja abrazar a medias y le susurro, como a los pájaros. Por el camino le cuento la inquietud que me invade en los semáforos cuando conduzco sola y pasan sobre mí las cargas pesadas de la fábrica, pudieran fallar los mecanismos y caerme encima. «Aún tengo cosas que hacer», le digo. Ella me sonríe y se despeina con un tirabuzón cerrado que nos aterriza. El perro caza ratones mientras nos despedimos.

La cartelera no ha cambiado desde el último sueño en el que vine y vuelve a estar la sesión empezada. Espero la siguiente buceando tus ojos azules en mi pubis; el tiempo es un roto que no sé coser, me pasa como con los botones o los bajos, me miras y deshaces, lejano. Si te tocara, alguien me avisaría de que el arroz está listo.


«¡Todos a la mesa o la comida se enfriará!».


sábado, 24 de septiembre de 2016

XXXVII-Clase de danza

La calle es un jolgorio, así como los bares llenos. En alguno de ellos dejé el bolso, mi vida está contigo sentada en este banco. Firmamos un cielo gris, te doy mi anillo, falta el dinero para el regalo de un buen amigo y ríes con los ojos, con la boca, ríes porque me conoces aunque no nos hayamos visto nunca. Revuelvo tu pelo con la mano antes de ir a por los billetes despistados, es como agitar una galaxia y estornudo. Cuídame la vida mientras vuelvo.


Hay un rumor en la avenida que se para a cada oído, la escuela de baile estrena hoy tutús desechables. Nos agolpamos todos a la puerta, los chicos empujan con los codos para ser los primeros pero no hay modo de colarse. Soñamos con hacer una lazada a la cintura con aquella falda inflada de papel blanco, bailar y tirarla a la basura. Soñamos tan al tiempo y tan alto que nos humedecemos y somos blandos. El aula es inmensa y luminosa, sin embargo hay un mostrador que acota la zona de baile haciéndola minúscula para el número de alumnos. Estamos apiñados y podemos olernos. La maestra es una bailarina que apenas llega al metro de altura, redonda y colorada. El moño le achina los ojos verdes y habla con las manos. Pienso en una peonza desde mi lugar del círculo. Nos ordena callar con una dulzura que da miedo, crujen los tutús. Antes de empezar nos advierte que el éxito en la danza depende de un canario, si queremos bailar a la perfección deberemos hacernos con uno. Nos muestra el suyo encerrado en una jaula con cortinas pesadas llenas de abalorios. No dice ni pío. La importancia está en cómo nos mire a través del panel de cristales diminutos que está enganchado en los barrotes. Los del suyo los trajo un sultán desde más allá de oriente, un antiguo amante que aún la amaba. Dos palmadas y la música empieza. El canario se acerca al panel escudriñándonos y, tras sacudirse las plumas, decide observar cómo bailamos a través del cristal rojo.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

XXXVI-Tres años nuevos

Los envases vacíos de zumo vuelan como piedras-pluma. Las copas en las manos, las manos en los cuerpos repartidos en la calle: lejos los unos de los otros, no llegan ni a tocarse los ropajes negros de fiesta ni las melenas enmarañadas. Siento las burbujas al otro lado del cristal, cosquillas en las yemas y soy clara vista desde lejos. Te falta música para mirarme. Te echo de menos sin despegar los labios. Con ese silencio removido iniciamos el año nuevo y nadie se acuerda de brindar.

El barco es un tobogán de lentejuelas. Han tocado las campanas y el mar sigue ahí, con sus borregos y su profundidad. Todos con él, también los dedos que se aferran a mi cintura envuelta en terciopelo, mis dedos, mi abrazo. Hay mujeres bellas en cubierta, sonríen como un otoño recién llegado, ignoran que estamos en invierno y empieza un nuevo año. Podría besarlas una a una, igual que una brisa delicada, y rozarles los brazos desnudos de pasada, incluso ser ellas. Sin embargo el cielo explota, se me lleva.


Somos un corrillo en la alameda. Amanece un año nuevo, sol rojo nos salpica la conversación animada. El traje se me arruga de tanto hambre que tengo y aún no es fecha pero sé qué quiero: un rosco de Reyes con sus guindas, sus almendras y su nata. Hablo de morderlo y desbordarlo. Hablo de azúcar. Ahora todos quieren y me entregan billetes pequeños y monedas que caen en mi mano cuenco donde enjuago la boca tras cepillarme los dientes. Sus instrucciones son como escupir en la acera, así que marcho con mi convicción dándoles la espalda. Me equivoco de tienda un par de veces y subo demasiada calle, eso me parece. No debiera estar tan lejos el mostrador alto al que no alcanzo, lo recuerdo más cercano y blanco. La cola del vestido me arrastra y se me vienen tus ojos azules que un día me barrieron. No llego a lo esponjoso, no llego.


lunes, 30 de mayo de 2016

XXXV-Balut

Tu pecho es un nido cobrizo que se abre cuando lo necesito, por eso sé que es un sueño. Soy un equilibrio que rueda hasta enredarse en tu pubis, estoy muerta dentro del huevo. No importa, hay un bosque que recorres con el gesto de un cachorro, ladeando la cabeza. No importa, sabes que soy una delicia en Asia. Nada importa con esas hojas verdes y los árboles y el viento. Y sin embargo, a mí me importa, tanto como la porosidad de la cáscara o mis pliegues cadavéricos.

La extensión de asfalto que atravesamos limita con un barrio que conozco de otro sueño. Mi hija ha conseguido tomar en brazos una paloma, se comunican con la cabeza y la besa antes de soltarla. Mi hijo acaricia la cola de un pato enorme que se revuelve e intenta picarle, piensa que es un juego y persiste. No me sale la voz para advertirle, ni me llegan las manos. Putos pájaros…


Un tacto me acaricia las alas atrofiadas y me besa el pico. Si parpadeo caen lágrimas que se transforman contra el suelo en topos de hocico retráctil, me rozan las piernas antes de excavar la tierra humedecida. Reconozco esos ojos que me miran como propios y no hay miedo, sólo el recuerdo antiguo de volar.


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